Por qué dos suéteres que parecen iguales cuestan distinto: el peso del hilo, la galga, las costuras, la complejidad del diseño y el método de tejido determinan el precio FOB antes de hablar de flete o aduana.
Es la pregunta que toda marca argentina hace al pedir su primera cotización a una fábrica de punto turca: «¿por qué este suéter cuesta lo que cuesta?». La respuesta no es un número mágico ni un margen caprichoso. El precio FOB (puesto en el puerto de embarque, antes del flete a Buenos Aires) se arma sumando componentes concretos y medibles. Entender esa estructura le da a usted poder de negociación real: sabe qué pedir para bajar costo sin sacrificar lo que importa, y detecta cuándo una cotización está inflada o, peor, cuándo es sospechosamente barata. Esta guía desglosa cómo se forma el precio de un suéter en una fábrica OEM de Gaziantep, paso por paso.
En la mayoría de los suéteres, el hilo es el rubro individual más caro del precio FOB. Se calcula multiplicando el consumo de hilo por prenda (en gramos) por el precio del hilo por kilo, más un desperdicio típico del 8 % al 15 % según la prenda y el patrón.
Un suéter de 350 g consume más del doble de hilo que un sweater liviano de 160 g. El peso depende del talle, el largo, el grosor del hilo y la galga. Por eso una primera pregunta clave en su brief es: ¿qué peso objetivo busca? Ahí se decide buena parte del costo.
No es lo mismo acrílico que algodón, ni lana merino que cachemira. El rango de precio por kilo entre una fibra básica y una premium es enorme. La fibra define el posicionamiento de su producto y, con él, el piso de su costo. Conviene definirla antes de pedir precios.
La galga indica cuántas agujas por pulgada usa la máquina. Una galga fina (12gg, 14gg) da un tejido cerrado y elegante pero tarda más en tejer; una galga gruesa (3gg, 5gg) produce un punto voluminoso más rápido. Más tiempo de máquina, más costo de tejido.
Todo tejido genera merma: colas de hilo, paneles de prueba, ajuste de tensión. Una fábrica seria lo presupuesta de forma realista en lugar de esconderlo. Patrones complejos (intarsia, jacquard multicolor) generan más desperdicio que un punto liso.
Después del hilo, el segundo gran bloque es la mano de obra, y aquí el método de producción cambia radicalmente la cuenta. Hay tres caminos para armar un suéter, de menor a mayor sofisticación:
Cada costura que un operario tiene que remallar es tiempo, y el tiempo es costo. Por eso un suéter de muchos paneles, cuellos complejos o detalles cosidos a mano cuesta más que uno de líneas simples. La cantidad de operaciones de armado —remalle, planchado, control de calidad, etiquetado, embolsado— se suma prenda por prenda. En nuestra planta tenemos 22 máquinas propias (15 Shima Seiki WHOLEGARMENT + 7 Stoll), lo que nos permite elegir el método más eficiente para cada diseño en lugar de forzar todo por un solo proceso.
Dos factores menos visibles terminan de definir el precio unitario: la complejidad del diseño y la cantidad pedida.
El MOQ (cantidad mínima de pedido) existe porque cada modelo nuevo tiene costos fijos que no dependen de cuántas prendas haga: programar la máquina, hacer muestras, ajustar tensiones, preparar el patrón. Si esos costos se reparten entre 60 prendas, el unitario se dispara; entre 250 o 500, se diluye. Nuestro MOQ es de 250 unidades por color/talla, un piso pensado para marcas que quieren series controladas sin pagar el sobrecosto de una corrida demasiado chica. Esto lo hace viable para programas de marca propia (private label) que arrancan acotados y escalan después.
Todo lo anterior arma el precio FOB: la prenda lista, embalada y puesta en el puerto de embarque, hecha en Turquía (Made in Turkey). Pero ese no es su costo final en Argentina. Para llegar al costo puesto (landed cost) en su depósito de Buenos Aires hay que sumar varios rubros adicionales.
La conclusión práctica: cuando compare proveedores, no compare FOB contra FOB a ciegas ni FOB contra precio local. Compare el costo puesto final contra el valor que entrega la prenda. Ahí es donde Turquía se defiende no por aduana —porque no hay ventaja arancelaria— sino por calidad, estrategia China+1, cercanía cultural e idioma español en la comunicación, y capacidades como el WHOLEGARMENT que reducen desperdicio y elevan el producto terminado.